Doleser: Esa complejidad armónica – parte I

Andrés Cáseres nació y creció en Junin, una ciudad a 300 kms de la gran capital. Estudió música en la Escuela de Música Popular de Avellaneda y hoy, radicado en Buenos Aires, trabaja como docente de música. Por su parte, Juampi Caiazza, nació en Alem, un pueblo muy chiquito, luego se mudó a Junin, a los 17 años, para estudiar Letras. Luego de vivir en Suecia, volvió a la Argentina para meterse de lleno en el proyecto.

Foto y Texto por Danny Rayman

¿Cómo fueron sus inicios en la música?

J: Tengo un primo algo mayor, quién desde muy chiquito me grababa cassettes. Recuerdo que el primero que me dio a mis 6 o 7 años tenía: Beatles, UB40, Eric Clapton, The Cure y varios artistas más. Mis viejos me regalaron un teclado a los 7 años y estudié algo de piano. Empecé a tocar la guitarra a los 14 años mientras armaba en mi pueblo, La Burla, la banda que tuve por 15 años.

A: Yo arranqué en la música por mi papá. El tocaba el bandoneón y a los 7 años tuve mi primera clase. Crecí escuchando tango y luego en la adolescencia a los 14 arranqué con guitarra.

¿Cómo se conocieron, podrían describir el momento en que sintieron la conexión necesaria para decidir empezar a dar vida a Doleser?

J: Fui a un recital de Sinestesia, una banda que me encanta y donde Andrés era guitarrista. Ahí nos vimos por primera vez. Pero después Sinestesia y La Burla compartieron un largo camino y se convirtieron en algo así como bandas de culto en nuestra región. Un día, por el 2003/2004, Andrés me pasó una melodía para que le pusiera letra. Fue la canción “Alma”. Desde esa vez nos gustó componer juntos. Una vez radicados en BA y a la espera del resto de nuestras bandas decidimos encarar un dúo de canciones donde verter la música que no cabía en nuestras bandas de rock.

¿De dónde surge el Nombre Doleser?

J: Nuestras primeras canciones surgieron en una época en que Andrés vivía en una pensión al sur del gran Buenos Aires, estudiando música, sin un peso y sin que las cosas con las bandas fueran como él quería. Yo, recién había vuelto de vivir una historia de amor en otro país y tenía el corazón en pedazos. Así que fueron canciones descaradamente tristes: “Trinos”, “La Felicidad va Adelante” y una que se llama “Ser Duele” que le daba nombre al proyecto: Dueleser. Después, cuando las cosas mejoraron para nosotros, nos pareció demasiado llamarnos de un modo tan depresivo y lo transformamos a Doleser.

doleser-2-430x244¿Podrían contarnos cuales son sus influencias musicales y de que manera se plasman en su proyecto?

J: El folk y el pop de la década del 2000 me marcaron bastante: Magnetic Fields, Patrick Wolf, The Tallest man on Earth, José González. Pero tengo más referentes en la poesía que en la música: César Vallejo, Spinetta, Leonard Cohen, Nick Drake, Johnny Cash. Fede García, un cantautor del que soy prácticamente hermano, me imprimió cierto aire country cuando tocábamos en La Burla. Andrés se crió en un hogar de tango. Su padre fue bandoneonista y siempre había músicos en su casa. Y, aunque viene del rock, incursionó también en la música popular brasilera, en el folklore latinoamericano y la música coral. Sus influencias se plasman en Doleser en cierta complejidad armónica; las mías, en las letras y el beat country.

 ¿Si les pidieran que clasificaran su proyecto en algún estilo en cual lo harían?

J: Somos como un cantautor doble. Según las reseñas somos indie folk, indie pop, yo no estoy seguro de esos términos.

¿Cómo es el proceso de composición de sus letras?

J: Hay tres manantiales: las canciones de Andrés, las mías y las hechas entre los dos que son la mayoría. Andrés tiende a crear más música y yo escribo más letras que él. Aunque ambos componemos, es hermoso compartir ese trabajo. Es común que Andrés componga la melodía, los acordes y un par de versos y yo completo las demás estrofas y también llego con una canción y él la produce y arregla desde lo armónico, estructura y demás.

¿Cuál es la relación que tiene su modo de ver la vida y el hecho de que cada uno de sus álbumes tenga nombres que se relacionan con alegría?

J: Para mí, el valor de la emotividad es primordial no sólo en la música, si no en todo el arte. Está quien busca la originalidad a cualquier precio, quién emplea la música como medio de denuncia, quien busca su identidad o la de su pueblo en un acorde y un verso y mucho más. Me alivia saber que haya gente haciéndolo. Pero nuestro trabajo es básicamente emoción, sentimientos, lo que es inherente al hombre fuera de cualquier período político, social, histórico. Creemos que somos lo que sentimos, pero rara vez entendemos eso que sentimos. Entonces cómo describir al amor, a la tristeza, a los sueños si no es a través de la propia experiencia o de un proceso estético. Siendo que nos afectan tanto cada día, me resultan una fuente permanente de inspiración. A veces nos proponemos otras temáticas, obviamente, como es el caso de “Blandengues” o “Saltar”, de nuestro primer disco o “María del Mar” del segundo.

Los títulos de nuestros dos álbumes se refieren a la búsqueda de la felicidad. El primero habla de una felicidad silvestre, rural, que ya pasó y se transformó en música (“Las Fiestas en las Chozas Duraban Largos Días”) y “La Felicidad Va Adelante” habla de la satisfacción que todos perseguimos como el burro a la zanahoria y que nos deja una única opción: seguir y seguir.

¿Qué es la música para ustedes?

J: Es luz, es sanación, es un punto de encuentro para las almas. La música, desde nuestro lugar, es la posibilidad de iluminar un poco las partes de la vida a donde la razón no llega. La música nos permite sentir cosas muy fuertes y creemos que eso es totalmente necesario. Todo se confirma cuando alguien recoge un verso nuestro y lo hace suyo en un graffitti, un post, una carta… Cuando alguien que no nos conoce, nos escribe desde cualquier lugar diciendo que tal canción le hizo bien, le dio fuerzas,…Ahí sentimos que la música es útil. (Continúa)

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