Columna: 33 – Parte V

Me llamo María Magdalena, pero mis amigos me llaman Maga porque aparezco cuando menos lo esperan y desaparezco cuando más me necesitan.

Por María Magdalena

Según ellos, soy compleja. Yo me encuentro una persona muy simple. Me gusta dormir, pintarme las uñas de manos y pies del mismo color, depilarme las cejas una vez a la semana y teñirme el cabello una vez al mes.

De vez en cuando me pongo como un gatito haciendo yoga, estirando mis músculos al son de la música.

Colecciono música y mi celu cambia una o dos veces al mes de estilo musical, de acuerdo a como ande mi ánimo.

Ahora escucho un poco de pop, pero he pasado épocas de metal melódico, rock cristiano, Lady Gaga, boleros de Manzanero y Abba.

Cuando tenía depresión, fui gótica. Cuando estaba en el Liceo, escuchaba y gozaba con Pánico, The Smiths y algo de punk.

También me dicen Maga porque entre mis manos siempre aparece un cigarrillo o un verde. O una botellita, cuando salíamos a carretear.

Con mi amigo Tutito salíamos a caminar y de sus manos aparecía un porrito que nos hacia conejear por el Barrio Yungay hasta llegar idos a la Plaza Brasil, donde nos sentábamos a escuchar música gay mientras veíamos a los viejos pasear sus perros, a las mamás llevar a los niños a los dinosaurios- columpios y a los eternos novios adolescentes  besarse bajo las palmeras arcaicas.

Me llamo Maria Magdalena y mi mamá me llama Magda.

Uno de mis amigos se llama Salvador y siempre salva cuando una está triste y con ganas de llorar y caminar por el parque.

Entonces, llamas a Salva y él te salva con sus chistes de doble o triple sentido y te trata de presentar gente para que tengas a alguien con quien follar y despertar al día siguiente después de darles un nombre ficticio, cosa de nunca más saber del sujeto en si.

Da lo mismo si es hombre o mujer con quien terminas pasando la noche gracias a él. Salvita tiene alma de casamentero, pero sigue soltero en su movida vida de trabajo en la semana y rey de la disco más alternativa de lo alternativo en el Santiago under.

He pasado por momentos complejos, como todos. Y momentos de estupidez y estudio.

He sido de todo un poco. Los veranos, en vez de irme a mochilear (cosa que nunca he hecho, más que nada, porque me cuesta ir a baños públicos con tranquilidad) como mis amigos, me quedaba en la ciudad, trabajando en algo simple como maestra de cocina, cajera, vendedora o garzona.

Va a sonar loco, pero me relajan los trabajos simples.

Cosas como estar todo el día sentada en un banquito, pasando los productos del consumismo por el lector de códigos de barras y cobrando plata que nunca usaré, sino que irá a bolsillos de empresas gigantes que con suerte te pagan el sueldo mínimo.

Mientras lo hacía, pensaba. Mucho. De vez en cuando tarareaba alguna canción, analizaba a la gente y sus compras.

Es muy diferente, por ejemplo, la compra de un estudiante (cervezas, dos o tres sopas Maruchan y papel higiénico) a la aplastada madre de familia que decora el carrito de súper con yogurts en las barandillas  y papel higiénico de 16 rollos, junto a las cajas de leche y galletitas para la colación de los niños Opus Dei que regenta.

Cuando uno pasa mucho tiempo pensando, pasan cosas. O a veces, no pasa mucho. Lo natural es odiar el trabajo, llegar a casa y tirar los tacos al techo, prender un cigarro e irse al baño a leer el diario del fin de semana pasado, que solo sirve para enterarse de tonterías de farándula y leer un Condorito añejo reciclado junto al horóscopo.

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