Tiempo pasado fue mejor: Reflexión sobre los recitales contemporáneos

Cualquier tiempo pasado fue mejor”, palabras acuñadas por el escritor español Jorge Manrique que cobran un significado especial cuando las extrapolamos al ámbito del rock, una suerte de nostalgia residual que nos transporta a las épocas de antaño cuando los fanáticos asistían a los conciertos incentivados por un factor común: vivir la música.

Por Gustavo Inzunza

Impregnarse de energía de miles de almas que se unifican en torno a un elemento común, era una experiencia que no tenía su valor en lo popular que te hacía el participar, sino en la mística del evento, teniendo como principal punto de referencia la primera versión del Festival de Woodstock (1969), en donde múltiples factores conspiraron para vivir y sentir la música en su estado más primitivo y natural, algo que por nuestros días difícilmente se podría replicar, convirtiendo casi en una quimera que las generaciones futuras se puedan abstraer de todos los elementos externos que han convertido esta experiencia en un ejercicio de vanidad y superficialidad.

Sin considerarme una persona vieja, y habiendo vivido una gran cantidad de shows durante las últimas dos décadas, intento abstraerme de mi subjetiva opinión para desmembrar la constante mutación que está viviendo el ritual de asistir a un concierto, no tanto en su génesis musical, sino más bien en las costumbres del tipo de público que asiste al evento, y que forman una parte fundamental a la hora de conjugar la experiencia como un todo.

Lo cierto es que en alguna de las encrucijadas del camino perdimos gravemente el rumbo, y dejamos de ver la música como el protagonista excluyente, para darle una mayor vitrina a factores superfluos y laxos, que tienen su valor en que tan cool nos vemos por ir a tal o cual lugar, o que tantos likes recibirán nuestras fotos post show. No pretendo hacer un juicio valórico respecto al nuevo tipo de “fanáticos” que están invadiendo la escena musical, básicamente porque no me corresponde, sólo busco exponer mi preocupación respecto a la orientación que está tomando esta tendencia, y que este comportamiento este rayando el límite de lo considerado normal.

Hoy por hoy, resulta más importante que tus amigos se enteren que fuiste o que vas a ir a un concierto, que realmente haberlo vivido, como si esto te situara en una ubicación de privilegio por sobre tus pares, por lo mismo, se hace cada vez más común ver gente publicando en sus redes sociales fotos de sus tickets para que nadie quede indiferente a esta evidente muestra de poder adquisitivo. Ahora bien, mientras más desconocida, indie o underground sea la banda que vas a ver, esto te da mucho mayor reconocimiento mediático, porque demuestras que tienes un conocimiento sonoro mucho más misceláneo que el común de los mortales (aunque en la práctica solo estás diciendo solapadamente que escuchas algo tan malo que no da para que el resto lo conozca). Obviamente, si quieres que el impacto sea aún mayor debes adquirir la entrada más cara posible, ojalá primeras filas o idealmente un Vip con Meet & Greet, así podrás obtener una foto con el artista de moda y degustar el show con un trago en la mano, algo mucho más ad hoc a tu categoría de popular. En mis tiempos – con lo anticuado que puede sonar esto – se iba a los conciertos con la ropa más desgastada que teníamos, porque sabíamos que entre roce, sudor, y golpes la calidad de la vestimenta pasaba a un segundo o tercer plano, ahora por el contrario, ir bien vestido forma parte del ritual, no podemos darnos el lujo de salir mal en alguna de las quinientas fotos que nos sacamos durante el show.

Antes, el teléfono o la cámara fotográfica eran objetos bastante prescindibles a la hora de pensar en ir a un concierto, era mucho más valioso tener la libertad de disfrutar al máximo el show sin ninguna cosa de valor que pudieses extraviar, que documentar cada momento y detalle en un soporte digital, perdiéndose durante largos pasajes lo fundamental de esta experiencia, esa exquisita conexión invisible que se establece el artista y sus fanáticos, y que se traduce en episodios de locura y desenfreno, que no puedes darte el lujo de omitir por estar sacándote una selfie con el escenario de fondo. En este mismo contexto, es acaso el selfie stick uno de los inventos más nefastos a la hora de pensar en hacer mucho más agradable la rutina de compartir un recinto acotado con miles de otras almas que hacen todo lo posible por tener una visión más nítida de los músicos. ¿Es acaso mucho pedir que si pagaste una entrada para ver a tu artista o banda favorita, la veas, en vez de perder el tiempo tratando de obtener la mejor fotografía para subir a Instagram o compartir con tu grupo de Whatsapp?.

No hay duda que los tiempos están cambiando, para bien o para mal según el prisma que queramos verlo, ir a un concierto ya no se trata de un impulso visceral por degustar en vivo la música que te apasiona, ahora se está convirtiendo casi en un ejercicio de aprobación social, una herramienta que te permite sacar ventaja y desmarcarte de tu círculo cercano. En mis tiempos, el éxito de un concierto se media en función de la cantidad de sudor que acumulaba tu ropa, la reverberación del sonido en tus oídos, y de las marcas que quedaban en tu cuerpo, ahora el éxito se mide en la cantidad de “me gusta” que tendrá la foto que te sacaste junto al afiche en la marquesina del teatro. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

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