El cielo de Providencia se partió en dos la tarde del 6 de noviembre: nubes negras en el cielo y un resplandor rojo al poniente que se filtraba entre los árboles del Parque de las Esculturas. Bajo esa escena casi cinematográfica, Yo La Tengo regresó a Chile después de ocho años para ofrecer lo que prometieron, y cumplieron, como “Una Tarde Especial”.
Por María de la Paz Roccolano
Foto por Sebastián Umaña
La lluvia, lejos de disuadir a su público, se volvió parte del ritual. Capas de agua, paraguas de colores y zapatos empapados dibujaron una postal de fidelidad absoluta. El público no se movió ni un centímetro mientras Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew desplegaban un set, que según ellos, es distinto al que tocarán hoy en el Fauna Primavera, un recorrido íntimo por más de tres décadas de ruido y melancolía.
El trío navegó entre pasajes sutiles y tormentas de distorsión, ese equilibrio tan suyo entre la fragilidad y el caos. Hubley, en su batería, sostenía los climas con una calma hipnótica, mientras Kaplan desataba riff que parecían conversar con el trueno. Nos hicieron recordar por qué el indie noventero les debe tanto, y también entregaron un par de covers y fragmentos de su más reciente disco This Stupid World, donde la madurez se siente como un nuevo tipo de furia contenida.
A mitad del show, Kaplan miró al público empapado y, agradeció la paciencia de los asistentes. La frase no fue cortesía: en un paisaje dominado por la lluvia, la comunión entre banda y audiencia tuvo algo de resistencia poética.
Cuando el cielo terminó de oscurecer, la lluvia bajó, y las últimas notas se perdieron entre el cause del río Mapocho. La cita inolvidable con una banda legendaria había terminado, recordando que la belleza, como la música, a veces florece precisamente cuando todo parece caos.