El debut de Orchid en Chile, el pasado 22 de enero en Sala Metrónomo, fue más que un concierto, una experiencia límite. Desde temprano, el recinto estaba a tope: calor sofocante, cuerpos apretados y un público cargado de expectativas que llevaba años esperando este momento. Todo indicaba que no sería una noche cualquiera, y así fue.
Por Paula Merlo
Fotos por María de la Paz Roccolano
Cienfuegos abrió la jornada, marcando desde el inicio un tono intenso y comprometido. Luego llegó Uniform, la banda de New York, que terminó siendo una verdadera sorpresa. Con un set sólido y demoledor, no solo calentaron los motores para el plato fuerte, sino que instalaron un discurso claro de conciencia social: críticas directas a Trump, a las políticas migratorias y a ICE, dichas sin rodeos y con la urgencia que su música exige. Lejos de ser un simple acto de apertura, Uniform encendió al público y elevó la temperatura, física y política, del lugar.
Cuando Orchid apareció en escena, el ruido fue inmediato y total. No como simple descarga, sino como una fuerza que empujaba, interpelaba y exigía atención. La potencia fue física —volumen, velocidad, distorsión—, pero también simbólica. En un campo históricamente dominado por la mitología del hardcore más rudo, masculinizado y performativamente “duro”, la banda reafirmó por qué siempre ocupó un margen distinto.
Formados en Amherst, Massachusetts, lejos de grandes escenas o épicas urbanas, Orchid arrastra un origen marcado por bibliotecas, aulas y conversaciones largas. Ese trasfondo se siente incluso en el caos: aquí el grito no es vacío, es pensamiento desesperado pero lúcido. El ruido, más que catarsis, funciona como posición política.
Durante poco más de una hora, Orchid desplegó un set de energía inagotable. Canciones breves, disonantes y caóticas se sucedieron sin respiro, manteniendo una intensidad constante. La rabia que atraviesa Chaos Is Me no aparece como impulso ciego, sino como síntoma de un malestar social profundo: fragmentación del sujeto, tensión permanente frente a fuerzas políticas, culturales y económicas que parecen incontrolables. Camus, Foucault, Adorno o Nietzsche no están citados, pero resuenan en esa desconfianza radical hacia el progreso y en el rechazo a cualquier reconciliación fácil.
Abajo del escenario, el público estaba completamente enloquecido. Stage dives, empujones, coros gritados y una entrega total, amplificada por el calor extremo del recinto. No había espectadores: todos eran parte del mismo colapso colectivo. El compromiso era absoluto, tanto de la banda como de quienes respondían cada golpe de ruido con el cuerpo.
En conjunto, fue una noche perfecta. No solo por la ejecución impecable o la intensidad sostenida, sino porque cada banda aportó sentido y coherencia a una jornada donde el hardcore volvió a ser lo que promete: ruido con contenido, potencia con conciencia y una experiencia que deja marcas. El debut de Orchid en Chile no fue solo un hito musical, fue la confirmación de que el ruido también puede pensar.