Yo La Tengo en La Cúpula: La perfección de lo Simple

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“La perfección es la muerte”, evangelizaba Sonic Youth en los ochenta y mucha razón tenía, pero lo que pasó este fin de semana en el teatro La Cúpula podría describirse como la perfección de lo simple. Una sencillez, tanto en la actitud como en el virtuosismo, que Yo La Tengo ha estado cultivando -y, valga la redundancia, perfeccionando- hace ya 30 años.

Por Víctor Hugo Carvallo

Pisando territorio chileno por tercera vez, la banda de Ira Kaplan podía sentirse tranquila antes de subir al escenario. Con una Cúpula casi llena -y eso es decir bastante, teniendo en cuenta algunas recientes experiencias (digamos… Mudhoney) y el frío de cordillera que cayó sobre Santiago- y una impecable presentación de los nacionales Congelador, encargados de comenzar la jornada, las cosas iban bien desde el primer minuto.

“Stupid Things” fue la primera en sonar, y el solo de guitarra de “We’re an American Band” (el segundo tema del setlist) terminó de confirmar lo que muchos sospechábamos: éste sería un concierto de esos que valen la pena; de esos que son tema de conversación obligado por varios meses y que terminan en todas las listas de fin de año.

Un hecho importante de mencionar es que el trío de Hoboken llegó presentando Fade, su última placa, publicada durante el año pasado y tal vez la mejor que sacan desde And Then Nothing Turned Itself Inside-out. Precisamente, ésta última fue la que los trajo por primera vez a Chile, con una inolvidable presentación en 2001 en el Teatro Novedades, donde recorrieron con maestría las mejores canciones de ese disco y del anterior I Can Feel The Heart Beating As One. Sin exagerar, era el mejor momento de su carrera.

Luego, en el año 2010, tuvimos la suerte de verlos tocar de nuevo. Esa vez fue como parte de la parrilla del primer Festival Maquinaria, que también tuvo a Pixies y a Queens Of The Stone Age. Claramente, no eran cabeza de cartel y su show no sobrepasó los 40 minutos. De todas formas, siempre es agradable ver a una buena banda tocando bajo la luz del sol.

Pero esta vez fue distinto. Incluso el público se notaba más vehemente que en ocasiones anteriores. Dejando de lado cualquier comentario en desmedro de la nueva generación (que obviamente la tiene más fácil con internet y todo su triste rollo aspiracional), lo cierto es que la audiencia estuvo a la altura de las circunstancias, sabiendo guardar silencio en los momentos solemnes y volverse absolutamente loca con cada bombardeo de distorsión supersónica.

Y ahí está la mayor gracia de Yo La Tengo. Si bien en sus discos queda claro, en sus shows la tenacidad de su audacia es irrefutable. Ésta es una banda que hace lo que se le da la real gana. Pasan de un estilo a otro sin hacerse el más mínimo problema. Voladores de mentes de profesión, son capaces de machacar los tímpanos y acelerar los latidos de sus fieles con la misma precisión con la que trizan esos mismos corazones hasta el punto de dejar llorando a los más débiles.

El primer ejemplo de eso vino con una ronda de canciones lentas que comenzó con “Season of The Shark” (requerida vía e-mail por un suertudo fanático) y terminó con “Decora”, del ya clásico Electro-Pura. Luego, la distorsión continuó, y la euforia tocó sus límites con los primeros reefs de “Tom Courtenay” (también sacada de esa joyita). Finalmente (o casi finalmente), el tiro de gracia fue una larga y lisérgica interpretación de “Pass The Hatchet, I Think I’m Goodkind” del LP I’m Not Afraid of You and I Will Beat Your Ass.

El bis estuvo compuesto por tres covers: el divertido “Nuclear War” de Sun Ra (requerido por otro suertudo, esta vez desde las primeras filas), el rock & roll añejo de “Emulsified” (que ya venía en el Fakebook de 1990) y una sorpresiva versión de “Behind That Locked Door” de George Harrison (de su insuperable All Things Must Pass), que en la voz de Georgia Hubley sonaba estremecedor. Y así se acabó el concierto. Se encendieron las luces y recuperamos nuestras mentes.

Ojalá vengan de nuevo.

 

 

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