Richard Bona en Chile: Echándonos un bilongo

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“Un martes por la noche en Santiago. ¡Guau!”, vocifera en inglés Richard Bona, durante la primera mitad de su espectáculo, a un público que parecía desbordar de eufórica admiración el Teatro Nescafé de las Artes el pasado 18 de octubre.

Por Sebastián Umaña

No fue aquella frase, sin embargo, lo único que dijo esa noche el oriundo de la pequeña localidad del sur de Camerún de nombre Minta. Durante su show debut en nuestro país, que se extendió por casi dos horas, se encargó de disparar todos sus cartuchos de elocuente sentido del humor, improvisando entre los espacios e incluso, extendiéndose más de lo normal.

Apoyándose del compás que le marcaba el grupo centroamericano “Mandekan Cubano”, presentaron su más reciente material producido en conjunto, titulado “Heritage”, dejando en claro que no existen barreras fronterizas en la música.

El espectáculo comenzó rápidamente a encender una fría noche arrastrada por la lluvia que cayó días antes en la región. El calor no era otra cosa que la convergencia de energías rítmicas africanas y cubanas propias de su último disco. El sonido se amplificaba por cada rincón del teatro en forma de Jazz Fusión, entrando por los oídos hasta llegar y estimular el hipotálamo. Para el momento en que te dabas cuenta, ya era demasiado tarde, no había forma de resistirse al movimiento.

Bona y el Mandekan recurrieron frecuentemente a la improvisación por medio de solos de piano, vientos, percusión y por supuesto bajo, rebosando el repertorio de protagonismos intermitentes entre sus partes, demostrando que estábamos presentes ante un espectáculo de alto nivel, imposible de opacar por los ligeros  percances que pasó el stuff de sonido.

El show se compuso de tres elementos que lo hicieron cercano y sobre todo humano, algo que no siempre se puede esperar de una presentación en vivo ante un casi repleto Teatro Nescafé: el buen humor, la conversación y la música intensificada por la sangre afroamericana del quinteto isleño, dirigida a la perfección por la batuta de Bona, que sazonaba este plato de fondo con el sonido más propio de sus raíces africanas. La fórmula que el virtuoso bajista había importado para tenernos bajo su absoluto control y con total naturalidad. Era nada menos que un ‘bilongo’ para nosotros.

Su templanza, poco frecuente entre los músicos que se encuentran sobre un escenario, lo motivó a sentarse a un costado del telón mientras el Mandekan Cubano se tomaba un descanso cerca del final, para extender sus manos a todo aquel que se le acercara. Escuchó la historia de un compatriota suyo radicado en Chile y continuó demostrando su sentido del humor. Como queriendo decirnos: “no hay problema, tomémonos el tiempo que queramos”.

La ovación en el cierre fue grande. Frente a nosotros había pasado un hombre con mucho que decir, pero también con mucho que escuchar.

Bilongo en la cultura afroamericana significa “hechizo de amor”, ese mismo que le echó la Negra Tomasa a su amado en la popular canción cubana que lleva el mismo nombre, para que este siempre se quedase a su lado.  Tal vez, todos aquellos que estuvimos presentes esa noche, nos quedemos un poco más cerca de su música en adelante.

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