Primera Persona Singular XI

Mi mamá sonríe. Supongo que imagina un abogado, un ingeniero, una carrera tradicional bien vista por sus amistades. Mi papá deja de teclear por un segundo. Katya presiente lo que va a pasar.

Por: Sofía Arteaga

Yo tengo una manzana en la garganta, un nudo que apenas me deja respirar. Siento una especie de claustrofobia interna, de hablar, de decir todo, reventar y salir corriendo de ahí. Terminar con este teatro barato pronto, que mi mamá llore o grite, que mi papá se ponga blanco y el que ella, my love, este ahí, en ese momento, me permite respirar antes de hablar con ellos.

¿El resto? ¿Las amigas del colegio, la Maca, el Gustavo, los niños bien, la cita a ciegas, mis compañeras de U, los conocidos de siempre, con los que jugábamos en el barrio, el mundillo de Vitacura hacia arriba?

Huevadas.

– ¿Y como se llama ese niño, Sofita? No habías contado nada- dice mi mamá, prendiendo otro de sus Kent.

Respiro hondo. Vomito palabras. Sin control. Bulimia total.

– La acabas de conocer. Es Katya con quien estoy saliendo-

El vomito sale, tartamudea, se levanta, resbala, cae como agua de una canaleta defectuosa en medio de una tormenta sureña, cuando el agua llena todo y solo te queda sentarte a esperar a que amaine.

Mi papá me queda mirando fijo. Mi mamá queda en pausa. Katya se levanta y llega hasta mí. Toma mi mano y nos quedamos ahí las dos, esperando la guillotina, indefensas Julietas leslies en un mundo de Romeos gays.

– Sofía Ignacia, no entiendo. ¿Qué significa esto?- dice mi mamá, en un susurro que antecede los gritos que vendrán después.

– Sofía, ¿puedes explicarme esto?- dice mi papá, mientras deja la Blackberry en la mesita

– Conocí a Katya. Nos queremos. Estamos juntas. Se que no les gusta la idea, pero la quiero a ella. Olvida esa cita a ciegas, mamá. Yo voy a estar con ella, aunque no les guste.

La cara de mi mamá se desfigura. De ser un ente educado, de lindas facciones y voz suave modelada por el internado inglés, surge un grito.

– ¡Sofía! Te prohíbo, te prohíbo terminantemente que nos hagas esto. ¡A nosotros! ¡NOSOTROS!. NO NOS PUEDES HACER ESTO, SOFÍA. Dios mío, ¿que dirá el Padre Ignacio si se entera?. ¿Mi hija, siendo una rara? ¿Una pervertida? ¿Una degenerada? Estas equivocada, hija. Lo tuyo es una enfermedad. No, no puede ser. NO DEBE SER. ¿Cómo se te ocurre? ¿Qué dirán las señoras de la parroquia? ¿Cómo nos mirarán si saben esto? Dios, no voy a poder volver a la Iglesia- monologa ella, parándose, gesticulando, gritando a ratos, mirando a Katya con rabia, con desesperación, con una ira profunda, con odio por destruirla a ella y sus sueños dorados.

Katya me aprieta la mano. Mi papá está blanco como un papel, inmóvil en su sillón, con el puro desmigajándose en el cenicero.

Me vuelvo inmune a sus palabras. Todo es un ruido blanco que anula la mano de Katya en mi mano, todo es nada mientras me levanto de la silla y, tomadas de la mano, con Katya nos vamos al auto.

Dejamos a mi mamá hablando sola. Mi papá quedó petrificado en el sillón, paralizado, con mi mamá hablando por los dos y sus realidades ficticias, con sus amigos Opus, con los “que dirá la gente” a flor de labios.

Prendo el motor. Tiemblo. Cinturón de seguridad. Katya me da un abrazo tímido. Un beso corto, de colegial, de amor, de compañía. El temblor pasa, de a poco. Sonrío levemente.

Pongo reversa y salimos a la calle pavimentada, con sus guardias tomando pasando la modorra del domingo, tomando el sol en la esquina con sus walkie talkies colgados de sus manos inertes.

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