Lo Malo y lo Feo del Festival Frontera

Con una fila que corría a lo largo del club hípico por avenida Blanco Encalada y doblaba por la calle colindante, daba la bienvenida el festival Frontera, un evento que prometía mucho más de lo que finalmente se logró.

Por Cristhian Plaza I.

No sólo contaba con esa larguísima fila (rutina conocida para aquellos que hemos ido a más de algún festival alojado en ese recinto), sino que te daba la bienvenida un comité de Carabineros montados, que luego fue cambiado por Fuerzas Especiales cuando los primeros se sintieron superado por el descontrol y desesperación de los asistentes al ver que la hora corría y “según el horario” sus artistas iban saliendo sin que ellos pudieran hacer nada.

Todo partió mal y no fue mejorando, al menos no del todo, “según el horario”, frase barata para presentar una propuesta, que luego fue modificado a último momento. Cambiar el orden en la cual algunos artistas se presentarían, se traduce en no saber cuándo saldrá tus artistas favoritos, por ende se va al carajo tu line up pre determinado. El panorama era el siguiente, el volante entregado con el line up era diferente al de la revista y para aquellos que trataban de comprender el caos, buscando respuestas en la página oficial, era otro, y eso, sólo para aquellos afortunados que logran tener conexión en un concierto (tema a parte el de la comunicación, que siempre se cae en los eventos masivos). Sin información, sin un letrero que indicase nada, sólo queda reconocer a los artistas, que por lo demás, y para sorpresa de todos, estaban atrasados, cosa inédita para un festival. Según la producción fue informado por algunas redes sociales y portales informativos.

El caos se podría entender si la productora fuese nueva, sin embargo, los encargados eran Transistor, responsable del Festival Maquinaria – así que experiencia en eventos masivos tenían de sobra, por lo cual no se entiende este tipo de sucesos, sin claridad de horarios, y para peor, con un atraso disparejo, un escenario tenía atraso de 1 hora otro de 1 hora y media, y el tercero de 2 horas, era imposible ver a los artistas como se tenía planeado. Por último, si el atraso fuese por igual, podríamos haber imaginado seguir con el line-up que cada uno llevaba, sin embargo ni siquiera eso se pudo.

Punto a parte la alimentación, los stand de comida y el servicio de ticket fracasó, si bien los líquidos funcionaron, el alimento sólido (empanada, hamburguesa, wraps o lo que sea), falló. Habían filas ridículas para tratar de conseguir un plato en el restaurant de comida rápida, eran sólo 4 stand del porte de un kioscos tipo colegio, imposible para alimentar a la cantidad de personas que habían en el recinto. Además se tiene que contemplar que si no dejaban entrar comida y el evento empezaba casi a medio día, era obvio que habría alta demanda.

La guinda de la torta se produjo en los escenarios, no sé qué genio, pensó que sería buena idea o no generaría problemas en el sonido o en la calidad del espectáculo, el tener 2 escenarios apuntando al centro, en vez de lo que uno espera, que cada uno apunta alejándose. La productora apostó por algo innovador, que los artistas aportasen entre ellos y la novedad del festival era que la música se fusionará (léase sarcástico). Muy mal. En cancha general, desde un escenario se escuchaba el otro, si los Cadillac tocaban una melodía, Omar Rodriguez-Lopez con su guitarra y su banda, Bosnian Rainbows, sonaban fuerte, produciendo la molestia de los argentinos y así con todos los artistas que se presentaron en los escenarios Pepsi y Transistor.

El festival prometía mucho, pero fracasaron, lo hicieron mal, una vergüenza. Ahora a aprender y no cometer los errores nuevamente, nunca más. El público chileno que va a los festivales, merece calidad y no hambre, tierra ni frío. Pésima organización, la peor de los últimos tiempos.

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